sábado, 6 de enero de 2018

El cerebro emocional

CC BY 2.0 - Andrew Mason
Normalmente, solemos asociar el cerebro (“la cabeza”) al pensamiento racional y especulativo. Por ejemplo, cuando decimos aquello de “no sé si hacerle caso a la cabeza o al corazón”. Sin duda, la base biológica del pensamiento racional está en el cerebro, concretamente en las zonas más superficiales de los lóbulos frontal y parietal. El llamado “neocórtex”, última de las adquisiciones evolutivas de la especie humana. Pero en el interior de nuestro cerebro también se encuentra la base de nuestras emociones. Cuando sentimos ira, miedo, asco, tristeza o alegría no son los miocitos de nuestro corazón los que se activan… sino las células de un intrincado y complejo sistema de conexiones neuronales llamado “sistema límbico”. También conocido como cerebro emocional.

Así, el cerebro emocional sería la parte más antigua y venerable de nuestro cerebro, la que heredamos de nuestros ancestros más primitivos. Y el descubrimiento de cómo actúa ha tenido importantísimas y relevantes consecuencias para el terreno de la psicología y las ciencias de conducta modernas.

A diferencia del cerebro racional, que como hemos dicho se ubica topográficamente en las zonas más superficiales del cerebro, el sistema límbico se encuentra a un nivel más profundo. Está formado anatómicamente por distintas estructuras con funciones variadas. Podemos encontrar, entre otras: 

miércoles, 3 de enero de 2018

Normalizar el sufrimiento

CC BY 2.0Vicent Bozzo
Los que nos dedicamos al apasionante mundo de la salud mental, sabemos muy bien que, muchas veces, la mejor medicina que podemos ofrecerle a nuestros pacientes es, precisamente, hacerles ver que no necesitan en realidad ninguna medicina. Déjame explicarlo.

Hoy en día hemos construido una sociedad en la que la ciencia y la técnica se han encumbrado como los nuevos ídolos a los que rendimos tributo en el altar público. Creemos que el desarrollo de la tecnología acabará solucionando todos nuestros problemas, haciéndonos la vida más fácil y, en definitiva, convirtiéndonos en individuos sanos, felices y prósperos, cual distopía literaria más atrevida. Por supuesto, algo de verdad no deja de haber en ello: el ingenio humano nos ha permitido vivir más años, hablar al instante con personas que están en la otra punta del planeta, cruzar todo el globo en apenas un día de trayecto o conquistar el espacio. Nadie puede negar que los avances científicos nos han beneficiado a todos, y nos han hecho la vida más fácil.

En el ámbito de la Medicina ello se nos hace evidente todos los días. Hoy podemos curar enfermedades que se nos antojaban, décadas atrás, sentencia de muerte segura. Realizamos intervenciones quirúrgicas donde al día siguiente (o el mismo día) el intervenido puede dormir en su casa. Y en Psiquiatría, afortunadamente, pudimos vaciar los manicomios, gracias, además por supuesto de al impulso social y político de una generación inconformista, al desarrollo de fármacos 
seguros y eficaces que controlan los síntomas más disruptivos de los trastornos mentales graves.  

domingo, 5 de noviembre de 2017

¿Somos esclavos de nuestros genes?

CC BY 2.0 - Caroline Davis2010
Cuando en el año 2003 se terminó de secuenciar todo el genoma humano, mucha gente en todo el mundo pensó que todos los misterios sobre el hombre, su temperamento y su conducta, así como sobre todas las enfermedades que lo atacan, quedarían resueltos. Sin embargo, casi 15 años después, no es que estos misterios hayan disminuido: es que, cada vez que acumulamos más conocimiento sobre nuestra prodigiosa maquinaria genética, más preguntas se nos plantean y más dudas continuamos teniendo. Aquí podríamos aplicar esa conocidísima sentencia de Mario Benedetti: “cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas.”

Hay personas que piensan todavía que somos esclavos de nuestros genes. Que nada se puede hacer si a alguien, en herencia, le tocó ser malvado, o despistado, o compasivo, o poco empático. Desde luego, nuestra herencia, y eso es innegable, condiciona en gran medida mucho de lo que somos. Esto ya se sabía desde bien antiguo. “De tal palo, tal astilla”, dice el refranero popular. Y parte de razón, como decimos, no le falta. El estudio durante todo el siglo XX del genoma, culminado iniciado ya el XXI con su descripción completa, solo nos ha permitido comprender mejor los mecanismos moleculares subyacentes a este hecho. Pero, conjuntamente con esto, nuevos y sorprendentes experimentos en todo el mundo vienen a decirnos que, aunque nazcamos con una carga genética determinada, esta carga no nos determina del todo. Así, las experiencias ambientales que cotidianamente nos suceden a todos se encuentran en un  diálogo bioquímico continuado con nuestra propia herencia. Se trata de la apasionante ciencia de la epigenética. Pero aclaremos primero algunos conceptos importantes.

¿Qué es un gen?

Un gen no es más que una unidad codificada de información. Dicho así, puede ser poco entendible para un lego en la materia. Pero expliquémoslo mejor con un ejemplo: nuestro mapa genético es como una especie de carta muy extensa escrita en código morse. Y cada una de las células de nuestro organismo lo que hace es leer esa carta decodificando lo escrito en morse mediante un diccionario situado en unas unidades especiales que llamamos ‘ribosomas’. A partir de estos ribosomas, el código genético se traduce y se convierte en proteínas, que son sustancias que ejercen distintas acciones biológicas en la célula. Dependiendo de lo que haya escrito en el gen, se producirán unas proteínas u otras, y la acción de conjunta de muchas proteínas distintas en todo el organismo es lo que hace que un individuo concreto tenga unas características únicas y especiales: un color de ojos o de pelo determinado, un temperamento propio o incluso unas enfermedades específicas. 

sábado, 28 de octubre de 2017

Una búsqueda y un encuentro

Dominio público
Azul es una mujer de 30 años, maestra de profesión, que está separada y tiene una niña de 6 años. Dado que no encuentra trabajo de lo suyo, es empleada en una empresa de seguros cobrando un salario que no le permite subsistir a fin de mes, por lo que necesita de la ayuda económica de sus padres. Acude por primera vez a la consulta del psicólogo por síntomas de ansiedad y depresión desde hace ya bastantes años, pero que se han recrudecido en los últimos meses. 

-    Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?
-    Buenos días. No estoy muy segura de cómo contestar esa pregunta… Vengo a usted porque llevo un tiempo mal, estoy hastiada, como si no tuviera muchas ganas de vivir y seguir adelante.
-    Entiendo. ¿Desde cuándo le ocurre eso exactamente?
-    No sabría decirle… Digamos que siempre he sido una persona “especial”. Provengo de una familia que me impartió una educación muy autoritaria, con la que yo no estuve de acuerdo. ¡A veces tengo miedo de repetir esa conducta con mi hija! Y desde siempre me he sentido como fuera de los lugares donde tengo que estar… como si yo no perteneciera a ellos. El caso es que cada vez la situación va a peor y ya he empezado a tener bastante ansiedad casi todos los días…
-    Bueno, parece entonces que su malestar viene de largo… Dígame, ¿a qué atribuye esas sensaciones que padece? ¿Por qué cree que le ocurren a usted?
-    Es difícil de explicar, la verdad… Si le soy sincera no lo sé. Estoy en una especie de búsqueda continua. Quiero probar y probar cosas hasta encontrar con algo que me haga feliz. Estuve de voluntaria en un centro de retiros donde se hacen cursos de yoga y tai chi, ¿sabe?
-    Ya veo. Entonces, ¿nunca hay momentos en el día en los que se sienta más feliz?
-    ¡Sí, desde luego! Quizás sea algo bipolar, no lo sé. Hay épocas en las que estoy mucho más feliz y contenta y me da por hacer muchos planes… pero en seguida recaigo otra vez. ¡Y ya estoy desesperada! Encima tengo que cuidar yo sola de mi hija, porque el padre no colabora para nada. Y bregar con un trabajo donde me miran mal y discriminan por mi carácter diferente… me parece que es bastante complicado ser mujer en esta sociedad.
-    ¿Y qué cree que podría hacer usted para sentirse mejor?
-    Eso ya no lo sé. Usted es el profesional. Yo lo que quiero es estar estable, funcionar mejor en mi vida.
-    Bien, no le prometo resultados. Está claro que usted
busca algo y entre los dos intentaremos ver si podemos encontrarlo.

La historia de Azul es bastante representativa de muchos de los malestares psíquicos que aquejan a nuestras sociedades modernas. Y puede ser un ejemplo excelente para que reflexionemos sobre ciertas cuestiones a las que quizá no hayamos prestado nunca la suficiente atención, pero que son claves para nuestro bienestar emocional. 

lunes, 23 de octubre de 2017

¿Eres o tienes?

CC BY 2.0 - Trishhhh
Una de las características más definitorias de nuestro tiempo es la sustitución del ser por el tener como elemento primordial de nuestras vidas. Hemos pasado de dejar de preocuparnos por armar y construir bien nuestro propio mundo interno, nuestros sentimientos, afectos, emociones… y hemos pasado a prestar atención únicamente a lo que está fuera de nosotros mismos y podemos comprar y vender. Este hecho está teniendo consecuencias en ocasiones trágicas para nuestro propio bienestar personal, y así se da la paradoja que mientras más queremos tener para ser más felices, menos felices acabamos siendo.

Ojo, es importante también que valoremos las cosas en su justo término y medida. Los bienes materiales, así como los bienes inmateriales que, estando fuera del puro comercio mercantil, también nos afanamos en tener (como una pareja estable, un grupo de amigos, un trabajo adecuado…) no son malos sino elementos más de nuestro existir y pasar por este mundo, y no tenemos que rechazarlos sino todo lo contrario. El problema, en definitiva, es tener claras cuáles son las prioridades. Y en este caso el orden de los factores sí altera el producto.

Ya hablamos de la indiferencia y el desapego, y en esa ocasión cité a San Ignacio y a las enseñanzas budistas como una fuente caudalosa de sabiduría muy útil para aplicarla en nuestra vida. Hoy quiero referirme a una mística cristiana, Santa Teresa de Jesús, cuya obra ha tenido una resonancia universal más allá de credos y culturas. En su libro Las moradas (1), también llamado El castillo interior, escrito desde la perspectiva de la fe en Dios de Teresa, la santa nos describe una metáfora de nuestra alma como un diamante en forma de castillo, con siete mansiones o moradas a través de las cuales el fiel cristiano puede escalar en su acercamiento a Dios. Lo novedoso en este libro, y lo que la ha convertido en una obra universal, es cómo describe Teresa ese castillo y esas moradas. Las primeras son las que representarían la llamada oración activa, más del pensar que del amar, mientras que las últimas, las que están más cercanas a Dios las representan la oración contemplativa, donde el amar se sobrepone al pensar.